Escrito por Pablo Gómez
Founder & CEO de Metlabs · Revisado el 11 de octubre de 2026
Un utility token da acceso a una funcionalidad, no a una participación económica. Técnicamente suele ser un token fungible estándar, normalmente ERC-20 en Ethereum. Lo que lo distingue de un security token no es la técnica sino el derecho que otorga (uso, no participación económica) y la ausencia de restricciones de transferencia por compliance. Por eso la clasificación regulatoria es contextual, no automática: un token de utilidad puede acabar tratado como valor si se comercializa prometiendo retorno por el esfuerzo de terceros.
La frontera regulatoria es la pieza relevante. En Estados Unidos se aplica el test de Howey (SEC contra W. J. Howey Co., 1946): un activo es un investment contract, y por tanto un valor, si concurren cuatro elementos a la vez, inversión de dinero, en una empresa común, con expectativa de beneficio derivado del esfuerzo de terceros. En la Unión Europea, MiCA confirma que los tokens con función de acceso genuina quedan fuera de la regulación de instrumentos financieros y se sujetan a reglas más ligeras de transparencia y protección al consumidor. MiCA distingue tres categorías: ART (asset-referenced tokens), EMT (e-money tokens) y otros criptoactivos, donde encajan los utility tokens que no sean instrumentos financieros.
Una buena práctica es definir bien la función del token desde el diseño, porque la calificación puede cambiar según cómo se comercialice. Casos arquetípicos de función de utilidad son los tokens de acceso y pago de servicios de red, como ETH para el gas de Ethereum o BNB para fees en BNB Chain. La calificación concreta de cada token es contextual y depende de la jurisdicción, así que conviene entenderla como intención de función y no como dictamen legal cerrado.
También conocido como
- Utility tokens
- Token de utilidad





